jueves

Me pidieron que escribiera sobre la pertenencia de la tierra.

Extranjeros caminan cerca mío acá en Puerto Madero
no sé idiomas, no entiendo las palabras que dicen,
pero aún así (siempre que quiero) me puedo comunicar.

Todos somos extranjeros en algún lugar

menos en uno.

Coincide este pedido con la despedida de los cuerpos.
Siempre lo supe pero recién ahora aprehendo que la vida termina.
Aunque no lo entiendo y nunca lo voy a entender.

No creo en Dios, ni en la iglesia en que cree mi abuela.
Pero creo en ella más que en nadie.

A ESO PERTENEZCO.
A los pedazos de tierra que ella me regaló.

Soy una viajera, aunque todavía no viajo tanto.
Mi pertenencia es distinta a la de ella,
o a la de un señor que vivió toda la vida en un pueblo chico
o a la de un indigena que vive de ella (su tierra) y para ella.

Al final, pertenecemos a imaginarios colectivos o no colectivos,
y pertenecemos, cada cuál, a lo que elige pertenecer.

Sé exactamente a donde pertenezco y por qué.
La memoria se ha encargado de mantenerme siempre cerca de los que quiero
y con calorcito me hacer ser esto que soy.

Cuando tenga hijos, seremos una familia ambulante,
pertenecerán mis hijos a cada lugar que sus piececitos chiquitos pisaran
y los míos, más viejos, les pertenecerán a ellos.

Como yo a mi abuela
y como ella a mis hijos,
que de algún modo,
también se van a conocer.

Y entonces les contará todas las historias que las familias esconden,
y así, los nenes se sentirán parte de algo que yo ni siquiera conozco,
pero que creo conocer. Las cabezas necesitan ser parte.
No se darán cuenta, que esa pertenencia, al final, no es a las historias,
si no a ella, que las cuenta, y las cuenta, y nos ata a las raices de algo que no se llama sangre,

si no vida.
que vive
y que no termina.